Si muero
Pedro Marco construye un espacio onírico de extraordinaria luminosidad cromática. El lienzo se organiza en una verticalidad casi escultórica: desde la parte inferior emerge una gran esfera de formas concéntricas —reminiscente de una huella dactilar cósmica o de los anillos de un árbol milenario—, modelada en ocres, dorados y malvas, que brota de un horizonte de aguamarina y turquesa. En el centro compositivo flota, con la lógica imposible del sueño, una ventana-cuadro: un portal rectangular que contiene su propio cielo interior, dominado por nubes de tonos cálidos recortadas contra un fondo que transita del azul cobalto al carmín. De ese fragmento de realidad enmarcada se desprende una cascada de letras y caracteres dispersos —en azul, rojo, amarillo— que caen en espiral hacia la esfera inferior. Entre el caos tipográfico emerge con deliberada claridad la frase «SI MUERO», cargándola de una densidad existencial que convierte la obra en una meditación sobre la memoria, la palabra y la extinción. La paleta —azul cerúleo, verde esmeralda y turquesa— envuelve la escena en una atmósfera de calma suspendida, casi submarina, que contrasta con la agitación implícita del texto desintegrado.