Arte en la calle · Villena, 2013
El Fraile
La historia de cómo un cabezudo destrozado renació en las manos de Pedro Marco, con un caracol escondido en la caries de un diente.
Un día, la Asociación de la Ermita de San José de Villena recibió un cabezudo en muy malas condiciones. Era la cabeza de un fraile, de esas figuras enormes de papel maché que recorren las calles en fiestas, sembrando risas y sustos a partes iguales. Pero este fraile había visto mejores días: la pintura se desprendía a jirones, el papel de periódico asomaba entre las grietas, y la mandíbula se deshacía como un recuerdo viejo.
Pedro Marco, que nunca necesitó un lienzo para hacer arte, se ofreció sin dudarlo: «Si vosotros lo restauráis, yo lo pinto.»
Antes y después
La asociación restauró la estructura. Pedro le devolvió el alma.
El fraile antes: pintura descascarillada, grietas en el cráneo, periódico al descubierto
El fraile renacido: Pedro Marco le dio expresión, carácter y una sonrisa contagiosa
Las manchas de la cabeza
Pedro era un perfeccionista de los que no piden permiso. Para pintar las manchas del cráneo del fraile, pidió a Toni Gómez —miembro de la asociación— que le fotografiase unas manchitas que tenía él mismo en la cabeza. Quería reproducirlas exactamente como eran: con su forma, su tono, su verdad. Porque para Pedro no existía el «más o menos». Existía el detalle justo, o nada.
El maestro en acción
Pedro Marco, con su boina y su spray, dándole vida al fraile en el taller de la asociación.
El caracol en la caries
Pedro Marco siempre firmaba sus obras con un caracol. Era su sello, su huella, su forma de decir «por aquí pasó un soñador».
En este cabezudo, buscó el lugar más insospechado: la caries de un diente. Ahí, diminuto y escondido entre el esmalte y la lengua rosada, dejó su caracol. Una firma secreta que solo descubres si sabes mirar —o si alguien te cuenta la historia.
Ahora ya lo sabes. Y la próxima vez que el fraile recorra las calles de Villena, quizá te agaches a buscarla.
Hasta el último detalle
La tonsura del fraile, con su corona de pelo canoso, lleva una cruz pintada en la coronilla. Pero no es una cruz cualquiera: es la veleta de la torre de la Ermita de San José, que tiene un serrucho de carpintero en lo alto —porque San José era carpintero—. A Pedro le encantó el hallazgo. ¿Dónde mejor esconder el símbolo de un santo carpintero que en la coronilla de su fraile?
La cruz de la coronilla reproduce la veleta de la Ermita de San José, con su serrucho de carpintero.
Un fraile que vive en la calle
El fraile se convirtió en una de las pocas obras de Pedro Marco que salen a la calle. No está en un museo ni en una galería con luz cenital. Está en las fiestas del Medievo, en las celebraciones de San José, en las salidas a otras ciudades. Es arte que se agita, que se tambalea sobre los hombros de alguien, que hace reír a los niños y que lleva la firma de un genio escondida en un diente.
La Asociación de la Ermita de San José con su comparsa de gigantes y cabezudos. El fraile de Pedro Marco, con su sonrisa inconfundible, entre ellos.
El homenaje
Dos años después del fallecimiento de Pedro, la asociación decidió homenajearlo de la única forma que tenía sentido: creando un cabezudo con su rostro. Una figura que se la rifan para poder sacarla a la calle. Porque Pedro sigue saliendo a las fiestas de Villena, con su boina y su sonrisa, sobre los hombros de quienes le recuerdan.
El cabezudo con el rostro de Pedro Marco —boina, barba y sonrisa incluidas— junto a miembros de la asociación.
Historia contada por Toni Gómez, miembro de la Asociación de la Ermita de San José de Villena.
Fotografías cedidas por la asociación y por Toni Gómez.